Hace ya algunos años que viajé por primera vez a Londres. Entre otros muchos lugares visité la National Gallery. Tras una mañana típicamente lluviosa, entré en el museo. Fui paseando lentamente por las distintas salas. Sentía una gran expectación. Había imaginado durante mucho tiempo lo que sería aquella visita. Por fin me encontraba allí. Todo lo que observaba me llenaba de un gran placer.
Considero que uno de los aspectos más interesantes del arte es la pintura y, dentro de ella, me sobrecoge el pensar en todo lo que rodeó la creación de cada uno de los cuadros; lo que inspiró a su autor, lo que sintió en cada momento. Pero sobre todo, despiertan mi interés todos los detalles técnicos en los que reparó el pintor. Me gustaría poder conocer, entre otras cosas, cómo realizó el dibujo o boceto previo definitivo, si es que lo hubo; que tipo de materiales eligió para el soporte y cuales fueron los motivos. Creo que sería maravilloso poder vivir de forma retrospectiva el proceso de producción de ciertos cuadros y todo lo que ocurrió en relación con ellos. ¡Te imaginas poder vivir, con todo detalle, como pintó Botticelli “La primavera”!
Pues bien, allí estaba yo, delante de las pinturas, completamente abstraído, imaginando multitud de cosas y de detalles. Entré en una de las salas. El primer cuadro, a mi izquierda, llamó poderosamente mi atención. No era su tamaño, ni las formas. Tampoco eran los colores. Se trataba de una pintura de formato mediano. Pertenecía a Miguel Ángel. Estaba sin terminar. Parte del cuadro dejaba al descubierto la imprimación. Sobre ella se veían fragmentos de dibujo a carbón, que nunca fueron cubiertos por la pintura. Los rostros pintados permitían analizar, por contraste, aquellos que solo estaban dibujados. Ocurría otro tanto con las ropas, los objetos… Sentí un sinfín de sensaciones maravillosas en un mundo que discurría entre lo real y lo imaginable.
Dediqué tanto tiempo a esta pintura que cuando reparé en la hora, me di cuenta de que no me sería posible ver todo lo que restaba. Intente recuperar el tiempo perdido mirando solo aquellas obras que despertaban mi atención de forma especial.
Al terminar, dirigí mis pasos lentamente hacia la salida. Pero, repentinamente, pensé que quizás nunca volvería a aquel lugar y sentí la necesidad de volver a mirar, posiblemente por última vez en mi vida, aquel cuadro inacabado de Miguel Ángel que tanto me atraía.
El tiempo que restaba hasta el cierre del museo era ya muy escaso.
Repentinamente eché a correr en sentido inverso al de salida, buscando “mi cuadro” Uno de los guardias del museo al verme correr, corrió también en mi dirección. Cuando el guardia llegó, ya hacía algunos segundos que yo, a una distancia prudente, estaba disfrutando nuevamente de todo lo que Miguel Angel me mostraba. Ambos permanecimos un par de minutos mirando el cuadro, sin decir nada. Finalmente el guardia dijo – “¿Es magnífico, verdad?” - le respondí que pensaba que era una de las obras más hermosas del museo. – “Es también uno de mis cuadros preferidos” - me dijo. Continuamos unos segundos más en silencio, frente al cuadro. Finalmente, consciente de la hora, dije adiós y salí del museo, lentamente, sin prisa.
Probablemente fue la carrera perseguido por el guardia, o quizás fueron, mas bien, las sensaciones y las imágenes que almacené en mi cabeza, o puede que todo ello. Lo cierto es que, en la calle, sentado en el césped, tuve la sensación de que había sustraído algo importante de la National Gallery.
Datos personales
Mostrando entradas con la etiqueta TRES VIVENCIAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta TRES VIVENCIAS. Mostrar todas las entradas
martes, 14 de octubre de 2008
3. ROBO EN LA NATIONAL GALLERY
sábado, 11 de octubre de 2008
2. MÍRAME
Mirar directamente a los ojos es, sin duda, algo habitual que puede transformarse en un hecho absolutamente insólito. El tono del color de los ojos, parece llevarnos a consideraciones iniciales, inconscientes; su forma, su tamaño y su expresividad proporcionan un amplio rango de información añadida. Mirar o que te miren fijamente a los ojos, suele ser inquietante. ¿Eres capaz de mantener la mirada?
Cuando hablamos, con frecuencia nos miramos a los ojos. Es un medio eficaz de comunicación.
Hacer arte es pensar o realizar algo para los sentidos, pero sobre todo, es hacer algo para ser mirado.
Mira a los demás. Piensa en que son espléndidas obra de arte, provistas de forma, color, movimiento, sonido… Mira y observa con respeto. Disfruta la diversidad, sin condicionamientos.
Ahora, elige una de esas obras magníficas. Mira a sus ojos, sin prisa, con atención, con discreción, y dime, ¿Qué has visto?
Cuando hablamos, con frecuencia nos miramos a los ojos. Es un medio eficaz de comunicación.
Hacer arte es pensar o realizar algo para los sentidos, pero sobre todo, es hacer algo para ser mirado.
Mira a los demás. Piensa en que son espléndidas obra de arte, provistas de forma, color, movimiento, sonido… Mira y observa con respeto. Disfruta la diversidad, sin condicionamientos.
Ahora, elige una de esas obras magníficas. Mira a sus ojos, sin prisa, con atención, con discreción, y dime, ¿Qué has visto?
jueves, 9 de octubre de 2008
1. SUEÑO INFANTIL
Durante mi infancia solían llevarme, en compañía de otros niños, a la estación de ferrocarril que existía en Espinardo y que enlazaba la de Murcia Zaraiche con la de Molina de Segura. Allí, mientras tomábamos la merienda, esperábamos la llegada del tren. Aunque se trataba de una experiencia repetida cada tarde, el momento de llegada del tren se convertía en una experiencia única. Se creaba un ambiente de auténtica expectación y excitación, con gran alboroto. Se escuchaban un montón de voces de niño gritar ¡Ya viene, ya viene! La Enorme máquina de vapor, de hierro negro, maravillosa escultura en movimiento, con sus tubos cromados, su chimenea y sus enormes ruedas pintadas de rojo carruaje, entraba lentamente hasta el andén, pitando con un sonido estridente, rugiendo y haciendo temblar el suelo bajo nuestros pies, llenándolo todo de vapor blanco, opaco, mezclado con un sinfín de minúsculas partículas de carbón en suspensión. Alguna de aquellas diminutas partículas solía juguetear en nuestro rostro o conseguía entrar en uno de nuestros ojos. Recuerdo que en mi interior se mezclaban sensaciones muy dispares, temor, alegría, sorpresa, asombro... Lo más sorprendente era el momento de la despedida. Personas completamente desconocidas, mostrándonos sus rostros sonrientes, con palabras de adiós y gestos de su mano derecha parecían querer decirnos que se sentían felices de abandonar el lugar en que nos encontrábamos. Todos nosotros contestábamos emocionados y sorprendidos por la atención que repentinamente se nos prestaba. Un hombre de azul marino oscuro con gorra de visera y una banderola roja en su mano izquierda, hacía sonar un pito que sujetaba con su mano derecha sobre su boca. Entonces, el convoy, arrastrándose lentamente, se volvía a poner en movimiento. Sonidos de roce metálico y de saltos graves, pesados y rítmicos acompañaban el paso lento de los vagones. Poco después todo quedaba en silencio. El gran momento había pasado. Todo lo hermoso y sorprendente suele pasar con rapidez.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
